¡El verano engorda! (si le dejamos)

Tradicionalmente, la época del año en la que ganamos más kilos son las Navidades. Tantos platos rebosantes, con la inestimable ayuda de turrones, mantecados y polvorones traen como consecuencia algún agujerillo de más en el cinturón cuando llegan los Reyes Magos. Pero el verano… el verano es otra cosa: el calor reduce la apetencia por platos contundentes y calóricos, nos movemos más, hacemos más ejercicio, y nos alimentamos sobre todo de platos frescos y ligeros que nos permiten terminar la estación frescos incluso con mejor tipito que como la empezamos ¿verdad?.

Mentira.

La realidad incuestionable es que el estío es una de las estaciones donde las calorías lo tienen más fácil para tomar por asalto nuestra cintura si no nos andamos con cuidado. Así que este nos ha parecido un buen momento para enumeraros algunos componentes de la ingesta veraniega que no es necesario eliminar de nuestra dieta –si no, las vacaciones serán demasiado aburridas- pero sí consumir con precaución:

¡Aaaaaasuca! (pero menos). En verano bebemos más, eso es un hecho, pero no todo son agua y zumos. Son también muy populares los refrescos y las bebidas alcohólicas, todas las cuales son generosas en calorías y azúcar. El azúcar está también presente en la composición de algunos cócteles veraniegos en auge –como los ubicuos mojitos o las caipirinhas- lo que contribuye a agravar esta contribución calórica. ¡No descuides el agua y vigila todo lo demás!

La fría tentación. El verano es la época de los helados, pero no hay que olvidar que, sin citar marcas específicas, algunos de los productos más populares del mercado en este terreno albergan entre 250 y 350 calorías. Si no puedes pasarte sin ellos, intenta por lo menos alternarlos con sorbetes de frutas o con alternativas más ligeras, como el yogur helado (o frozen yogurth, como se le conoce en plan fino).

Engorde a la brasa. Ni siquiera aunque te pases toda la jornada bailando la canción de Georgie Dann (que tampoco es plan) conseguirás anular los efectos de las barbacoas: como los ingredientes que consideramos básicos en ellas incluyen chorizos, chuletón, costillas, hamburguesas o generosas raciones de panceta, parece que poco se puede hacer aquí… salvo tener cuidado con lo que comemos y, quizás, considerar pasar por la parrilla otro tipo de alimentos. ¿Has pensado alternativas como pechugas de pollo… o incluso mejillones?

La ensalada agazapada. Obviamente, la alternativa a la barbacoa sería comer verduritas; pero según cómo y con qué se acompañen, pueden ser incluso contraproducentes. Las ensaladas de pasta o de patatas tienen su peligro, especialmente si recurrimos a la mayonesa como aliño principal. Conviene decantarse por verduras con alto contenido en agua –lechuga, cebolla, tomate, pepino, zanahoria, brotes- o por legumbres –judías, garbanzos, lentejas–, siempre usando la imaginación y escarbando en libros de recetas para huir de la aburridísima ensalada mixta. Y ya que estamos hablando de verduras ¡Cuidado con la cantidad de aceite que echamos al gazpacho! Si los tomates son buenos, necesitará mucho menos de lo que crees.

… Y lo que nunca debe faltar. Fruta fresca y pescado. La primera despliega en verano su mayor oferta de variedades, con delicias específicas de la época –cerezas, sandía, melocotones, melón– y el segundo parece apetecer de manera especial cuando se veranea en zonas costeras. Además de ser bajísimos en calorías tienen otra cosa en común: cuantas menos complicaciones empleémos en su preparación, estarán mucho más sabrosos… y engordarán menos.

¿Tenéis algún truco, norma, prohibición o preferencia en vuestra dieta veraniega? ¡Estaremos encantados de que nos lo contéis!

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